domingo, 16 de diciembre de 2018

LA DERIVA CATALANA: SE ACABÓ EL DIÁLOGO

 El mantra de la independencia ha aniquilado toda racionalidad política y las acciones del gobierno catalán lo atestiguan de forma desoladora. Esta claro que las vías del diálogo ya no sirven para dar solución a el delirio catalán. La falta de coherencia entre las políticas catalanas y el orden constitucional, está creando fracturas sociales y emocionales, que están a punto de poner en peligro el equilibrio de toda España, lo que nos llevaría a un panorama sombrío y de impredecibles consecuencias y esto hay que evitarlo como sea. Cada día que pasa, mas me convenzo  que la deriva catalana no tiene otra solución que la acción contundente y eficaz del Estado español: La aplicación del 155 en toda su extensión o la disolución de la Autonomía. Está visto que la euforia, vehemencia y radicalismo de ciertos grupos independentistas no solo no cejará, sino que arrastrará a Cataluña a un enfrentamiento cada día más visceral y violento, a lo que el Gobierno debe responder cuanto antes mejor y de forma contundente dentro de lo acorde con la Constitución y la ley. Cuando el Gobierno está dispuesto al diálogo y la otra parte responde con propuestas fuera de la Constitución o manifestaciones violentas que provocan daños y perjuicios, el Estado tiene la obligación de tomar las medidas necesarias para frenar tales acciones. No hacerlo es alimentar la larga lista de quejas del nacionalismo catalán frente al Estado español, y es mostrar debilidad, ante cierta conveniencia que no hace otra cosa que empeorar la situación, y aunque yo no soy partidario de cortar el diálogo, entiendo que la situación ya no tiene mas recorrido y es necesario que el Gobierno de Pedro Sánchez acabe con este delirio de los independentistas de una vez por todas, antes de que involucre al resto de España y nos embarque en algo mucho peor, "no debemos olvidar que esto que está pasando en Cataluña, fue el preludio de lo que ocurrió en el 36,  poco antes de nuestra trágica Guerra Civil". Lo que está claro es que el Estado no puede ser rehén de una patología nacionalista, como el delirio catalán y que representa una grave crisis a la que hay que poner fin ya, con mucha más razón cuando comprobamos que ese delirio imposibilita el debate racional y el entendimiento dentro del espíritu constitucional, desde el momento en que el delirio catalán solo busca la unilateralidad en los planteamientos del diálogo. "Cuando olvidamos la historia, estamos condenados a repetirla", y por desgracia, los catalanes, parece que la han olvidado.

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